Viajamos temprano desde Sevilla y al llegar a Córdoba tomamos un café junto a la estación, revisando horarios de regreso. Caminamos sin prisa por avenidas arboladas hasta la Mezquita-Catedral, sentándonos varias veces a contemplar arcos infinitos. Almorzamos en un patio silencioso y volvimos con tiempo, con la certeza de que el margen extra regaló serenidad, mejores fotos y conversación alegre durante todo el trayecto.
Una nube inesperada nos sorprendió al salir de la estación, pero un plano impreso nos guió por soportales hacia la catedral. Visitamos el museo primero, dejamos el casco a secar y pedimos caldo gallego mientras escampaba. Ajustar el orden, mantener el humor y observar el ritmo de la plaza desde un banco cubierto transformó un contratiempo en relato entrañable, digno de repetirse con sonrisas futuras.
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